Sebastián Mckeon en la Fiesta de Aniversario
Volvió el fantasta de Mckeon .... me habló mucho rato, se está poniendo mejor....
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La Fiesta
de aniversario
Se levantó aturdido por el efecto de una tableta para dormir. Sentía la boca como un géiser emitiendo desde el núcleo abdominal. Fue a la cocinilla, y preparó un café de tarro. Una señal sonó, y apareció desde un rótulo en una pantalla pegada a la puerta principal. Puso el dedo en el ángulo de la misma, miró la imagen y pulsó la opción que permitía el acceso.
- ¡ Que sorpresa, Patricia!. Pasa, pasa... Disculpa la cara, vengo despertando-. La mujer entró y lo besó.
- Oí, por frecuencia sectorial de la policía, de los disturbios en la Facultad.
Sebastián Mckeon la miró con cierta expresión libidinosa. Patricia, conocedora de lo que provocaba al joven científico, le irritaba concebir que sólo le atrajera su figura. Ella afanaba por ser querida, amada, con mas fuerza y, quizás, brutalidad, pero le encantaba ese hombre enigmático, dulce, interesante y reconocidamente inteligente.
- Tengo que ir donde mi madre, hasta pronto dijo esperando alguna reacción.
- Hasta las nueve -. Le besó cerca de la boca sin mucha gracia.
- Hasta las nueve entonces-. Se dirigió a la puerta y salió.
Nunca se había esforzado por aclarar sus sentimientos respecto de ella. Le gustaba, pero, como confidenciaba a Brito, de siete a once de la noche. Sabía que ella le amaba, aunque aborrecía la circunstancia en que lo exponía a veces, exhibiéndolo con pompa en sus reuniones familiares. Una vez sólo, tomó el saxofón e interpretó unas notas improvisadas de Jazz. Se sintió relajado, más tranquilo. Logró una cierta consonancia musical. Con destreza pulsaba las manecillas del instrumento; alcanzó una melodía armónica que comenzó a inundar su hogar, muralla a muralla, lado por lado. La música brotaba por su piel, las notas, como menudos pinchazos a sus filamentos sensibles, alcanzaron su mente, colmando su razón y sentidos. Estaba abstraído, ajeno a los asuntos habituales.
A las nueve en punto se situó en el vestíbulo. Patricia fue a su encuentro, se saludaron y entraron camino al
cóctel. Ingresaron haciendo los saludos protocolares correspondientes. Se sentaron en primera fila, a ella eso le deleitaba mucho, frente a unas enormes letras de hielo que ponían FELIZ ANIVERSARIO. Estuvieron bastante rato conversando.
- Ya son la una de mañana, lo he pasado fantástico. Cantidad de amigos y gente conocida, una celebración
prodigiosa. Propia de una relacionadora pública como yo, ¿ o no ? -, dirigió una mirada al científico.
- Por supuesto, .... ¿ Me disculpas ?.
Sebastián se levantó pese a la cara de poca aceptación de su compañera.
- Un Whisky, por favor -, pidió al mozo en una pequeña barra ubicada en la entrada del local. Dio media vuelta, sentado en el sillín, y miró a una mujer en traje de noche, atravesando el portal del local. Su corazón palpitó aceleradamente al reconocer a la joven de la mañana, la alumna que apareció repentinamente.
Se veía maravillosa, su figura inundó todo su radio de visión. Para él, nada más existía en esos momentos; lo inundaba todo.
- !Soledad, Soledad¡- exclamó sin discurrir otra cosa que atraer su atención.
- Hola Sebastián -, dijo acercándose,- sabía que estaría aquí. Debo hablar con Usted, pero no ahora.
- Que dices, ven, siéntate.
- No insista, se lo pido por favor, me voy a aproximar a usted cuando sea oportuno. Hasta pronto.
La joven se alejó. El quedó mudo, atónito.
- Donde estabas-, preguntó acercándose un poco disgustada Patricia, pero esbozando una sonrisa plástica.
- Bebiendo-, como te vi entretenida en la fiesta no quise fastidiar.
- que tal si nos vamos, estoy agotada.
Subieron al coche. Ingresaron al domicilio de ella, ubicado en pleno Providencia. Era un lugar muy exclusivo,
una ubicación privilegiada. El edificio era de fachada barroca muy bien lograda, con balcones uniformes de rejas
forjadas a principios del siglo anterior.
Su apartamento era en el tercer piso. El techo era alto. Estaba adornado con columnas estilo dórico, réplicas
del surrealismo europeo, y pequeñas estatuas imitación clásica. Muy bonito, pero un poco recargado, en opinión de Sebastián, quien, por su formación más que estoica en materia de gustos, alguna vez se lo manifestó.
- Siempre que estoy sentado pienso que esa columna se me viene encima con estatua y todo, y quedo como un
esclavo de la vieja Pompeya, justo cuando el Vesubio soltaba su colosal indignación- comentó sentado en el sofá.
- Esa ironía no es nueva, mi amor.
- Lo sé, pero encuentro que sería indecoroso fracturarse por un pedazo de alabastro que, además, no es de
mi estilo.............. ¡ Mierda, mierda ¡, perdona. Lo estoy echando todo a perder. Lo mejor es que me vaya, estoy nefasto, meto la pata demasiado seguido. Además, he tendido un día sobradamente distinto-.
- Tu no te mueves de aquí..... -respondió inmediatamente.
La mujer lo abordó en un segundo con un beso de ardor impresionante. Con sus manos recorrió el contorno de su
piel. Ella comenzó a aspirar lenta y profundamente. Sus suspiros eran casi un jadeo. Su epidermis se erizó, su rostro denotaba gozo, satisfacción. En un momento estaban desnudos. Emergió y se hizo del cuerpo de la mujer en la penumbra. El mueble los arrullaba mientras, delicadamente, hundía su cabeza en su cuerpo.

